Anoche volví a esta ciudad para escapar de sus “ r “ suaves y sus vocales lánguidas. Pese a ello, se que ella juega a buscarme en la distancia mientras yo intento cubrir sus ruegos de capas de realidad soslayadas. Y así, las letras de su nombre vuelan, solitarias, cada calle que recorro y me persiguen como perros sin dueño. Cuando las hojas huérfanas de árboles secos se arremolinan entre mis pies con su danza insistente, miro al cielo que parece hablarme en susurros mientras me sacudo su imagen constante, permanente en cada escaparate en el que me veo reflejado, encogido en el abrigo que me protege de malos presagios y de todas las tristezas posibles.
sueños de syl
Anoche volví a esta ciudad para escapar de sus “ r “ suaves y sus vocales lánguidas. Pese a ello, se que ella juega a buscarme en la distancia mientras yo intento cubrir sus ruegos de capas de realidad soslayadas. Y así, las letras de su nombre vuelan, solitarias, cada calle que recorro y me persiguen como perros sin dueño. Cuando las hojas huérfanas de árboles secos se arremolinan entre mis pies con su danza insistente, miro al cielo que parece hablarme en susurros mientras me sacudo su imagen constante, permanente en cada escaparate en el que me veo reflejado, encogido en el abrigo que me protege de malos presagios y de todas las tristezas posibles.
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-¿ Y usted qué desea?
-¿Yo?, ¿sabe una cosa?, cuando la miro a usted, deseo poseer a todas las mujeres del mundo.
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De Caza
- Cógelo, venga, no así no, bestia, que lo estripas, tonto. Mira, mira cómo lo hago yo.
La niña se acerca con cuidado al saltamontes, se pone en cuclillas aguantando la respiración, mira con atención al animal, y con un movimiento rápido, lo atrapa, sujetando suavemente las alas del insecto con el dedo índice y el pulgar de su mano derecha. Es entonces, cuando sonríe a su amigo.
- ¿Ves? Es muy fácil.
El saltamontes hace aspavientos con sus patas en su afán de liberarse y la niña siente cosquillas en la palma de su mano.
- No puedes cogerlo con la mano porque si no siempre se escapa, sus saltos son rápidos y no podrías agarrarlo.
La niña observa al animal, saca del bolsillo de sus calzonas una bolsa de pipas vacía y mete en ella al saltamontes, que apenas tiene espacio para frotar sus patas traseras con el cuerpo para emitir un canto de auxilio.
- Se va a morir, no puede respirar...
- Ay, no seas agonía, pues si se muere, luego lo enterramos. Es lo que siempre hacemos mi primo y yo. El próximo que veamos lo coges tú. A ver si eres capaz, ya sabes, sólo tienes que acercarte despacio, quedarte quieto muy cerca de él, y cuando veas que lleva un rato sin moverse, entonces, ¡zas! lo coges por detrás, siempre por las alas, para que no escape.
La niña mira a su amigo, esperando que asienta, que muestre sus mismas ganas.
- No sé, parece difícil...
-¡ Qué va, anda, no seas capullo! A mi al principio me pasaba lo mismo, pero ya no se me escapa ninguno. ¡Mira! ¡allí hay uno! ¡te toca, venga!
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Sally, incrédula, vuelve a mirarse al espejo. Su mano derecha ha desaparecido. Es incorpórea, no está. Lleva cinco minutos frente al espejo, observando cómo su brazo derecho parece bailar una danza macabra, solo, desmembrado, perdido, abandonado a su suerte. Pero lo más raro, lo más desconcertante es que ella siente la mano, se la toca con su mano izquierda, palpando cada dedo, cada cartílago, las uñas sin arreglar, e incluso el anillo de su abuela. Está más que asustada, le invaden sudores, escalofríos, y unas palpitaciones que, hasta entonces, no había sentido. El corazón galopa en su interior con una fuerza insistente y voraz que amenaza con salir disparado. No sabe si es real, si es su mente, ¿será un sueño? Tampoco puede entender que, de manera tan casual, su voz haya cambiado tanto en el trascurso de la mañana. El carisma y la sensualidad de su tono ha pasado a ser un ridículo hilo de voz que hasta ahora había tomado por una leve, aunque no por ello menos alarmante, afonía. ¿Y si llama a Paul? Seguro que él encontrará una razón y la ayudará. Coge el teléfono, Paul responde con un monosílabo y Sally le cuenta, con voz entrecortada su gran desconcierto. Paul, tranquilo, la escucha. Es el más mayor de todos. El más paciente. El que más tiempo lleva.
- Estás desapareciendo.
- ¡¿Qué?!
- Sally, escúchame, estás desapareciendo. Ha llegado el momento. Sabemos que cualquier día nos puede pasar a todos, puede ser que sea durante un día, dos días, una semana, un mes, años, décadas o para siempre. A no ser que Él vuelva a ti, nunca se sabe. Ya sabes cómo funciona, cómo funcionamos. Los personajes inacabados, desmembrados, terminan desapareciendo, no aspiran a la eternidad. Lo siento, Sally, te has quedado sin historia.
- ¡Eso es imposible! ¡No puede ser! ¡Yo era la protagonista! ¡Además, me siento el corazón!.
- Eso no es una razón, Sally, estás a punto...estás a punto de convertirte en... en un personaje desahuciado, te has quedado sin historia. Lo siento, amiga.
Paul guarda silencio durante unos instantes.
- Sabes lo que tienes que hacer, ¿no?
- Sí, creo que sí... ¿pero eso es todo? No me puedo creer que esto sea todo, ¿todo acaba así? Paul, no me digas que todo acaba así...
- Lo siento.No puedo hacer más por ti, Sally.
- Está bien... gracias Paul.
Sally cuelga el teléfono. Se sienta en la cama y se mira en el espejo, cuyo reflejo le devuelve su viva imagen sin mano derecha.
- No puede ser – murmura.
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[Fundido en negro].
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El Cuadro
Desde hace ya varios minutos Lala observa el cuadro absorta, quieta, todo su cuerpo parece responder dócilmente a un extraño estado hipnótico. No era uno de los favoritos, ni siquiera esperaba encontrarlo en la exposición de ese gran artista de renombre internacional cuando su marido reservó las entradas con antelación. Mira los gruesos trazos nerviosos sobre la tela. No piensa en nada, no piensa en nada ni en nadie. Sólo mira, observa, embriagada de tanto color: rojos, blancos, azules y amarillos que atraviesan la tela y parecen flotar a su antojo. Se deja llevar por los trazos irregulares e indefinidos de un azul intenso que dan forma a unas ramas irregulares que parecen mecidas por la fuerza de un viento invisible. Su mirada recorre cada trazo con precisión, apreciando los diferentes tonos de azul que van formando las ramas dibujadas de azules tan oscuros que casi llegan a ser negros.
Su marido, la llama, Lala, venga vamos, pero ella no responde. Ya ni siquiera le oye. Lala, venga, que hay más. Lala sigue observando, ensimismada, esos azules que casi llegan a ser negros, negros azulados que casi llegan a ser morados, azules que casi llegan a ser negros, negros azulados que casi llegan a ser morados, azules que lleg...
Al caerse Lala al suelo, sin sentido, se ha armado un gran revuelo en la sala de exposición, el marido, desconcertado, pide ayuda, dando palmaditas a las mejillas pálidas de su mujer; el personal de sala, habla atropelladamente por los walkies pidiendo ayuda, una emergencia, dicen; y la gente curiosa, ávida de espectáculo, observa la escena atraída por el morbo, mientras grita sin pudor ¿estará viva?. Un hombre de traje oscuro y barba blanca observa la escena con complicidad. A veces ocurre, piensa mientras se acerca al marido, que impotente, sigue intentando recuperar a Lala.
- A veces ocurre, ¿sabe?
- ¿Qué? ¿El qué?- pregunta el marido desconcertado.
- A veces ocurre que un cuadro roba el alma de una persona y se queda dentro de él. Y ya no... ya no vuelve más.
Durante unos segundos el marido le mira a los ojos, está a punto de creer lo que dice, pero su gesto se contrae en un gesto de incredulidad y enfado.
- Pero... ¿qué dice?¿está usted loco?
Es entonces cuando el marido le da la espalda, vuelve a Lala nervioso e irritado y sigue dando palmaditas a unas mejillas que pronto estarán frías.
El hombre de traje oscuro, se aleja, mientras murmura para sí a veces ocurre, sí, a veces ocurre que un cuadro roba el alma de una persona para quedarse dentro de él, y es entonces cuando ya no hay remedio, ya no lo hay.
sueños de syl
La sirena de cabellos de fuego mira a lo lejos por última vez, lo que será la ciudad sumergida. Su corazón de anfibio se estremece por el recuerdo de aquellos ojos grises. Es entonces cuando chapotea en el agua y con la rapidez propia de su especie, se sumerge y desaparece en la oscuridad de las aguas gélidas.
Los habitantes de la ciudad cuentan que con su marcha y la muerte del marinero, los edificios no han cesado de llorar; y sus calles ante las lágrimas incesantes de los palacios, los burdeles, las posadas, pensiones, consistorios, dispensarios y demás moradas, se encuentran anegadas por el naufragio de tanta tristeza.
sueños de syl
La miro, sus grandes ojos de lagarto parpadean,
y es entonces cuando su lengua de goma se acerca a mi cara y me lame.






