a los que orbitan

un proyecto en forma de libro... una selección de textos agrupados... e ilustrados...
el desorden de un blog... las órbitas paralelas...
a los que orbitan...
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bípedos de barrio y VIII

palabras trabadas

Hay un señor de traje que traba las palabras sin querer, despeinándolas en el aire.
Pese a la maraña de vocablos partidos no puede disimular un marcado acento gallego.
Allá donde va (y va a muchos sitios), se presenta inmediatamente con una voz extraña.

La voz es tan extraña que se tarda unos instantes en acostumbrar el oído que la escucha.
“Me-me-me-llamo-A-A-Ale-jandro-y-y-noes-noestoy-borracho.”
Pacientemente declama con su armadura vocal farfullada que no está borracho.
Que un ataque al corazón le derramó algo en el cerebro que le afectó la parte del habla.
Que su hijo está de camino para acompañarlo a su revisión.

Hay un quitamiedos en la carretera.
Hay una moto que va a resbalar.
Hay un motorista a punto de morir.

bípedos de barrio VII

imagen de silvia

la señorita presidenta

La maestra, además de ser maestra, es la presidenta de su comunidad de vecinos.
Su carácter dulce se afila fuera de las aulas, se defiende frente al resto de adultos.
Se impone a sí misma una misión definitoria que la corone como la mejor presidenta.

Un señor de traje balbucea la misma palabra trabada mientras le abre la puerta y sale.
Ella entra ahora en la tienda de rótulos y cierra la puerta sonoramente.
Allí dentro sólo hay adultos, respira hondo y se acoda en el mostrador.
“Buenas tardes. Necesito un cartel que diga: CORREO COMERCIAL NO GRACIAS.
Quiero que sea en color dorado, como los buzones. Y de esta medida exactamente.”

Su iniciativa se compone rápidamente, mirando al techo durante un instante, decide.
“Después del texto que ponga en minúscula: La Comunidad.”
Se divierte imaginando diversas caras del presidente anterior cuando vea su cartel.

bípedos de barrio VI

dibujo en el corcho

A la salida de la guardería todas las manitas encuentran donde agarrarse.
El hermano pequeño que admira a su hermano mayor.
“Pues hoy he hecho un dibujo y… y… y…”.

“Y he hecho un dibujo y la seño lo ha puesto en el corcho”, la manita que se aprieta.
La mano adolescente aprieta a su vez su bolsita de plástico en el bolsillo, sólo asiente.
Cruzan la acera y detrás de unos limones aparecen unos ojos negros.
“¡Chocho! ¡Te cogía te reventaba!”, dice el hermano mayor.
“¡Payaso!”, dice la boca bajo los ojos negros, dejando escapar un limón por la calzada.

“¿Qué es chocho?”, pregunta hacia arriba el hermano pequeño.
“Chochos son las mujeres bonitas”, responde el hermano mayor.
“Entonces mi seño es un chocho”, asegura el hermano pequeño.

bípedos de barrio V

el hermano mayor

SMS: “stoy en la pza. tiens algo?”.
El hombre se despega de la esquina de la iglesia y se encamina hacia la plaza.
Una brisa tibia remueve hacia los lados los envoltorios de plástico del suelo.

El pelo grasiento de un adolescente brilla detrás del quiosco de prensa.
Entre el acné y diversos piercings faciales se distinguen unos ojos pequeños, nerviosos.
Se dirige hacia el hombre que se dirige hacia él, las cuatro manos en los bolsillos.
Ambas cabezas se inclinan en el ritual aprendido de la compra venta.
El intercambio se produce rápido: billete, bolsita, manos a los bolsillos de nuevo.

“Voy a la guardería a por mi hermano pequeño”, dice el adolescente.
El hombre se encoge de hombros y sale de la plaza en búsqueda del sol de esquinas.
Pensando en el fin de semana el adolescente aprieta su bolsita, no demasiado.

bípedos de barrio IV

imagen de silvia

la frutera sin limas

Un hombre se apoya en la esquina de la iglesia del barrio, mirando hacia arriba.
Los ojos negros de una camarera se quedan pegados a él, bajo el único rayo de sol.
Sus ojos negros le corroboran que es el hombre más guapo del barrio.

Dos kilos de limones desparramados en la báscula.
“¿Hoy tampoco tienes limas? Esta noche hay partido”, pregunta la camarera.
“Hoy tampoco tengo limas. Lo siento. Se me olvidó comprarlas”, responde la frutera.
“Voy a tener que cambiar de frutería. O tachar los mojitos de la pizarra”.
“Te regalo los limones, mujer. Mañana te traigo limas. Prometido”.

“Mañana también hay partido. Y pasado”, piensa la camarera.
Abrazada a sus limones se planta delante del hombre más guapo del barrio.
Él mira su teléfono y ella piensa que tampoco será aquel un padre para su hijo.

bípedos de barrio III

Lady Gin Tonic

A Lady Gin Tonic le pica la peluca y le pesan los collares.
Su cara arrugada, la boca sin dientes.
Desde la barra del bar ve a su único amigo junto a un joven que fuma.

“Lo de siempre, cariño.”
La camarera de ojos negros prepara diligente el gin tonic de Lady Gin Tonic.
Sin hielo. Una rodaja de limón. Una cuchara metálica de palo largo.
De su mejor chaqueta extrae un pañuelo de papel y lo extiende sobre la barra.
Poco a poco diluye la tónica en la ginebra, removiendo lentamente.

Los ojos negros de la camarera miran hacia la calle sin ver nada.
La cuchara de Lady Gin Tonic se detiene al fin, devolviendo el silencio.
Se ajusta la peluca de nuevo cuando ve acercarse despacio a su único amigo.

bípedos de barrio II

el anciano que no es un mueble

“No soy un mueble”, piensa el anciano.
“No soy un mueble”, piensa el anciano.
“No soy un trasto”, piensa el anciano.

Al doblar la esquina el anciano encuentra su banco ocupado por un joven.
Se detiene junto a él y enfrentan sus miradas.
Banco coronado por un árbol enfermo de asfalto que pesa menos cada día.
El joven sostiene el humo de un cigarro como un experto malabarista.
Se hace a un lado y el anciano se acomoda en su único lugar.

“No soy un mueble”, susurra el anciano.
“No soy un trasto”, susurra el anciano.
“Yo soy una canoa”, piensa el joven.

bípedos de barrio I

imagen de silvia

el estudiante y la canoa

Hubo un quitamiedos en la carretera.
Hubo una moto que resbaló.
Hubo un motorista muerto.

Hay una mudanza en el piso de arriba del estudiante.
Los pequeños papás del motorista se acarician el uno al otro.
Hay un ascensor pequeño, máximo 200 k.
Los papás suben y bajan por las escaleras dando instrucciones muy breves.
Hay un estudiante que pierde la concentración de manera definitiva.

Una canoa desciende por la fachada tapando la luz.
Después sólo quedan las cuerdas, tensas, desafinadas.
El estudiante sale enfadado a la calle y se sienta en un banco.