a los que orbitan

un proyecto en forma de libro... una selección de textos agrupados... e ilustrados...
el desorden de un blog... las órbitas paralelas...
a los que orbitan...
Mostrando entradas con la etiqueta bípedos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bípedos. Mostrar todas las entradas

bípedos

escena del crimen: una mujer vestida de frufrú, el tronco arrancado de una acacia y una farola en forma de candelabro yacen apilados sobre el suelo de una acera. Lo que desconcierta a los investigadores es que, dependiendo del punto cardinal desde donde miren, se intercambia el orden de sus posiciones horizontales. No hay manera de decidir quién o qué aplastó a qué o a quién.

bípedos

- ¿otra vez con lo mismo? - pregunta el hombre desde la puerta.
- No podía dormir - contesta la mujer, y aleja de sus manos una fotografía que cae sobre la mesa.
- Vienes a la cama - dice el hombre, y no entona la frase, dejándola cansada en el aire, sin ser imperativa ni tampoco interrogativa.
- Ahora voy - dice la mujer.
- Te espero - dice el hombre, utilizando de nuevo la no-entonación.
- No podía dormir - repite la mujer sin alzar la vista. No podía dormir, y ahora lo que no quiero es estar despierta.
Gira la cabeza ahora: en el marco de la puerta sólo está el marco de la puerta.

bípedos

trayecto
El niño Adrián piensa menudo rollo yo quiero ir a la piscina. Su madre al volante le repite que te pongas el cinturón o esta tarde no hay ordenador. Accede a regañadientes sacándole la lengua al aire ardiente de la siesta. Piensa quiero ser mayor. Piensa quiero tener catorce años como en el tuenti y no nueve. Cuando recojamos a mi amigo del tren vamos a casa y chateas con tus amigos del campamento, ¿vale? Se vuelve hacia él en un semáforo, adelanta una mano para buscarle las cosquillas perdidas. Vale mamá. Yo no tengo cosquillas mamá. Hola Adrián dice el amigo barbudo de mamá al sentarse a su lado. Ya no te acuerdas de mí con lo que te reías de chico. Te hacía así. Y sintió bajo los brazos cómo la electricidad única de aquellos dedos le hacía explotar, nueva, la risa primitiva de las cosquillas.
(microrrelato en 149 palabras)

primera vez
A la mañana siguiente se despertó temprano. Se miraba el cuerpo medio dormido cercano a la taza de café, esperando el despertar tranquilo de los domingos. Se acariciaba despacio las extremidades, tratando de encontrar alguna diferencia en los músculos, en la piel, diciéndose no es posible que no hayan quedado marcas de anoche. Como si el primer orgasmo infinito se hubiese emparedado en la habitación, ayudado por los brazos largos y amables que hicieron de chófer a su cuerpo achispado. Abrió las piernas y buscó entre ellas algún símbolo de realidad, restos del viaje, un mapa de la ruta recorrida, cualquier rastro con tal de asegurarse de que no lo había soñado. La incredulidad pastosa de su cuerpo adormilado fue sustituida por la impresión ante el espejo: observó cómo las arrugas de la almohada le habían tatuado en la frente una palabra inversa de cuatro letras.
(microrrelato en 148 palabras)

memoria
Con su chaqueta a cuadros de domingo sin misa Paquito regresa a casa con el periódico y el pan bajo el brazo derecho, siguiendo exactamente la misma ruta dominical de cada mes de cada año desde que era niño. Regresa lento a la casa donde nació, donde se casó, donde crió a sus hijos y donde murió su esposa. Arrastra un poco los pies al caminar para contarle al suelo que ya está muy viejo y muy cansado. Se detiene ante las escaleras que comunican con su casa para tomar aire y fuerzas y ánimo, pero las piernas se le quedan pegadas a la acera. Ha perdido, no sabe cuándo ni dónde, la memoria antigua necesaria que hace que su cuerpo sepa subir unas escaleras. Paquito se queda entonces muy quieto. Comienza a brotarle una lágrima al divisar, como un bulto, al vecino taxista aproximándose.
(microrrelato en 146 palabras)

bípedos

- ¡No soy un adorno para lucir en tus fiestas!
- ¿Ah, no? Como brillabas tanto...

bípedos

imagen de mc g mahedero

dos niñinas
se agarran de la manina y salen juntinas a caminar. No les han dejado festejar el domingo así que reciben el lunes como un regalino. Se visten, se arreglan la ropina, se peinan ya solas. Se lo gritan a todos: “¡Nos vamos a caminar!” y chasquean al salir los talones de sus zapatinos rojos de domingo en lunes. Una, dos, tres, cuatro veces.
Les brillan los ojinos cuando se miran una niñina a otra niñina, dueñas absolutas de su propio caminar de lunes atemporal. Saludan a algunos, que permanecen en su lugar y miran hacia otro lado, o hacia abajo, a sus quehaceres cotidianos que los atrapan. Hay quienes se unen a su camino, y las acompañan durante un trecho, algunas calles, manzanas, y hasta barrios enteros. Conversan. Comparten. Callan en los cruces de los semáforos.
Las niñinas desfilan las aceras con la libertad del viento, atravesando el aire que las compone, que las suma la una a la otra, siendo dos niñinas viento que avanzan, felices por el mero hecho de saberse avanzar.
Salen poco a poco de los límites inconcretos de la ciudad y se adentran en el laberinto de huertas que precede al aeropuerto. Se sientan a descansar en una piedra una niñina frente a otra niñina y juegan a cocacolaesasí bajo los aviones que aterrizan.
Luego, antes, o entonces, dentro de unos años atrás o adelante: un juzgado de papel, un restaurante ensayado, una celebración ibérica y una casa en las alturas que se repliega sobre sí misma, todo revelado como en una tira de negativos del mismo carrete. Saben que el presente sólo permite ser continuo, que existen conjugaciones verbales que jamás utilizarán porque son de libro, y sucede que la gramática de libro no importa allí en las huertas. Todo aquello lo saben y lo sentencian cuando chocan sus maninas entonando las canciones. A ratos se ponen de pie porque no se puede estar sentado cuando se juega a enlacalleveinticuatro, hay que alternar las agachadinas, y gritar mucho y reír mucho cuando pasa un avión.
La ciudad murmulla a lo lejos, los pueblos periféricos ondulan alrededor, y observan el mapa de huertas que vibra trazado como un dibujo de colegio, irregular y nervioso, con la fuerza de la inocencia y la ignorancia de las consecuencias de los rotuladores, la única conciencia que importa es que debajo de aquella habrá más hojas en blanco para pintarrajearlas con alpinos o cariocas.
Juntinas caminan las niñinas. Un, dos, tres, cuatro. Un, dos, tres, cuatro. Zapatinos rojos.
Atardece en las huertas y el sol brilla también en las carrocerías de los aviones. Nunca habrían pensado que un lunes pudiera ser tan increíble, tan sincronizado con la eternidad. Tanto viento, tanta luz, tantos brillos. Piden deseos y alzan los bracinos y aplauden cuando alcanzan a ver las ruedas del tren de aterrizaje desplegándose.
Entrelazan las maninas las dos niñinas y, sin decirse una palabra, asienten sus cabecinas suaves mecidas por la brisa interurbana, ya saben que no desharán el camino, que están hechas de viento que se desplaza y que el destino lo llevan dibujado en las suelas de los zapatinos. Corren como locas simétricas al divisar a un señor con un burrino y, al unísono, le preguntan pestañeando: “¿Sabe usted cuál es el origen de los calendarios?”

a Silvia y Asun, mañana

bípedos

la cerradura
- A mí es que me ha estrañao. Pero digo: yo qué sé, a ver si es que este hombre no está o le ha dao alguna cosa pahí.

el regalo
- Ya sé que es un regalo bastante raro, me salió así, no sé qué más deciros. Si creéis que no lo soportaréis entonces rompedlo y tiradlo. Estará mejor en el cielo de los regalos raros.

la muchacha
- A mí es que me pone muy nerviosa la gente tan callada.
- Pobre muchacha, si no dice ná.
- Ya. Por eso no me gusta tenerla delante. Como ella no habla me da por contarle de todo.

conferencia (guión)
Hay dos maneras de escribir sobre los acontecimientos:
1) desde el presente, en el momento justo o momentáneamente después.
· ventaja: lo fresco.
· desventaja: el atropello.
2) desde el recuerdo de lo vivido, tiempo después.
· ventaja: la redacción.
· desventaja: la lejanía.

bípedos

la mayor desgracia del catador no es que la comida haya sido envenenada en su periplo hacia el rey. Sería ésta una muerte gloriosa, coherente y triunfal, concebida como el logro máximo de su misión para proteger a aquel a quien admira. La mayor desgracia del catador es que se le caigan los dientes.

bípedos

Articket BCN. 7 Museus. 1 ticket. 22 €.

La ruta del Articket:

Museu Picasso
Ontario y Verona cruzan sus miradas por primera vez. Canadá mira las piernas bajo la falda de la amiga de Italia pero es ella, Verona, la que mira a Ontario con la profundidad de un trazo de pincel.

Fundació Caixa Catalunya – La Pedrera
En la azotea sobre el Passeig de Gràcia azota el viento. Verona lleva gafas de sol. Ontario lleva gafas de sol. Al no tener ojos tienen sonrisas y labios y dientes y amabilidad cordial.

Fundació Antoni Tàpies
Ontario visita Barcelona en la soledad transoceánica tras una visita a unos tíos en un pequeño pueblo de Navarra.
Verona planificó este viaje con su amiga hace meses, las filólogas alegres.
Verona acude sin su amiga de turismo de museos.
Ontario acude con su compañera colgante: su cámara fotográfica, y registra las piernas de Verona contra una escultura de Eva Hesse.
Ambos van entendiéndolo todo.

Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC)
Verona y su amiga alegres las dos jugando a encontrar a un canadiense entre las salas de los períodos artísticos. Demasiado grande para encontrarse, demasiado grande la idea para dejársela a la casualidad.
Ontario llega al museo justo cuando las risas italianas entran en el vagón de metro de la línea roja de Plaça Espanya camino de la playa.

Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB)
Llueve y no hay piernas al aire ni gafas de sol. Todo son pantalones finos y chubasqueros transparentes. Del CCCB al MACBA hay prácticamente un paso que los une y las italianas y el canadiense cruzan sus caminos inversos de uno a otro. La amiga que se adelanta. Verona que se para. Ontario que se para. El saludo de la mano, internacional, las palabras atropelladas en inglés, internacionales, el intercambio, las risas y las sonrisas, mundiales.

Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA)
Ontario frente a un pasillo blanco en un edificio blanco con la mente en blanco. Tan sólo un trazo de Italia en la retina, una voz en los oídos y unas piernas en la cámara, compone así el cuadro más contemporáneo.
Verona calla en el recorrido oscuro y la amiga calla porque sabe que cuando Verona calla es mejor dejarla callar, e imaginar, y se dedica a buscar para sí misma algún Milán o algún Nápoles porque la amiga de Verona es absolutamente partidaria de sus productos nacionales.

Fundació Joan Miró
Encuentro concertado por e-mail: a las 11 en la puerta del funicular. El paseo Canadá-Italia bajo los plataneros que se deshojan del calor. Comentan si no es cierto que parece otoño. Entrada al museo, último destino del Articket. Tumbados en la videoinstalación Lóbulo pulmonar de Pipilotti Rist una mano se acerca a otra mano y la primera mano acoge la segunda mano y esta segunda mano se deja recoger y acariciar por la primera mano y ambas manos y ambos dueños de dichas manos se olvidan del arte y permanecen así en el bucle del vídeo y del tiempo de los museos.

bípedos

Rambla dels Caputxins. Exterior. Día.
Interior cabeza niño ocho años. Interior. Interior.
En el interior de esta cabeza una mano vieja y arrugada que serpentea.
El niño que mira a su papá y no le dice nada.
El papá que dibuja retratos sentado en una silla.
Los extranjeros que se sientan en la silla para que el papá los dibuje.
El niño que se sabe también un extranjero aterrizado hace poco tiempo desde Uruguay hasta este pedazo de Rambla.
El papá que le sacude la cabeza entre retrato y retrato y le pide cada vez que pose para él.
El niño que se niega en rotundo, vigilante de la mano vieja y arrugada que serpentea.
Acá llega la mano.
El niño que mira la mano vieja y mira después la mano del papá cómo traza el labio sonriente de una alemana y se le encoge el corazoncito al pensar que en ese preciso instante la mano vieja le está robando el alma a la alemana, de tan viejo que es el viejo roba almas cuando las pintan en retratos para poder vivir un poco más, sabe encontrar el momento exacto en que el alma pasa de la persona a la punta del carboncillo.
El niño que traza un plan para salvar las almas de las señoras alemanas empujando el brazo del papá. Borrón y gruñido.
El viejo que roba las almas de los extranjeros cuando cruza la Rambla para ir a comprar el pan donde trabajaba Mercè.
Y así cada día.

Rambla dels Caputxins. Exterior. Día.
Interior cabeza hombre ochenta años. Ubicación indefinida.
En el interior de esta cabeza los ojos temerosos de un niño de ocho años.
Cada día, a la misma hora, sale desde Escudillers, rodea la Plaça del Teatre, y pisa con decisión el medio de la Rambla.
Reminiscencias apopléjicas y un brazo en forma de ele y una mano temblorosa que adelanta al cuerpo renqueante.
Mercè, si poguessis veure com és el barri ara…
La mano es vieja y arrugada y además tiembla, abanicando el aire de la mañana.
El viejo que mira al niño que lo mira con ojos de temor y se pregunta Com és que aquests nens immigrants fan aquestes cares de pànic si de segur que aqui hi viuen molt millor que allà d’on vinguin.
El viejo que serpentea su mano vieja y el niño que se acerca a la espalda del papá y hace que de la mano que dibuja salga un borrón, una línea que no pertenece a la cara que debe retratar y ante la que debe cumplir un parecido asombroso para poder cobrar el precio pactado por el retrato.
El papá que le gruñe al niño.
El viejo que termina de pasar.
El niño que ve cómo el viejo sigue recolectando almas nuevas, incluso las de los turistas de los caricaturistas.
I així cada dia.

A Vika

bípedos

imagen de silvia

los consuelos de armario

Lo que yo entendía como la serenidad de Blanca había ido poco a poco transformándose en astucia de habitación, encuadres que se guardaba para sí y ante los cuales me disparaba sonrisas condescendientes. Todo empezó con el “grupito del gym” hace dos años, una rutina que ella creía necesaria pese a la fascinación que a mí me provocaban sus muslos así, pues tal y como eran, y no las piedras duras de atleta que tiene ahora. “Hoy ceno con las del gym”, “Mañana voy con las del gym a…”, “Qué risa con las del gym cuando…”. A mí no me gustan los cambios, prefiero que las cosas se queden como están. Y punto. Yo era feliz con sus muslos blandos, el sexo quincenal, los agostos en La Manga, las cenas calientes… Pero no se puede evitar que las personas cambien.
Su siguiente cumpleaños lo celebró con ellas y, cuando me enseñó lo que le habían regalado, fue cuando comenzaron mis tics en el ojo izquierdo: un enorme consolador de látex rosado con una verosimilitud pasmosa al pene de casi cualquier actor porno, con detalles imposibles de venas esculpidas con una precisión absoluta. Y un tamaño… si es que aquello no era ni medio normal. Y menos cuando las comparaciones con lo propio son inevitables.
Blanca se puso morena con las del gym. Blanca endureció sus muslos con las del gym. Blanca empezó a tener muchos planes con las del gym. Y Blanca utilizaba con demasiada frecuencia su regalo y yo no era capaz ya de controlar los tics de mi ojo y cada vez que entraba por la puerta buscaba en el armario donde guardaba el consolador y arrimaba la nariz con asco sólo para comprobar si olía a látex (me tranquilizaba un poco entonces porque sabía que no había estado jugando con él ese día), pero cuando olía a jabón… ¡Ay madre mía cuando olía a jabón! Como loco me pongo sólo de recordarlo, imaginándomela con ese chisme dentro, gozando con un trozo de plástico, que luego lavaba y devolvía a su envoltorio dentro del armario. Y yo como un pasmarote, muerto de celos… Y la noche aquella que me saca el chisme “para que juguemos con él”, me dice, y yo con eso en la mano y ella que no paraba de reír y yo incapaz de levantar nada y ella que se pone a lo suyo y yo que me tengo que ir a fumar un cigarro porque eso no hay quien lo soporte, hombre, por favor, qué humillación.
El colmo llegó el sábado pasado en su último cumpleaños: esas alimañas pervertidas de su “grupito del gym” van y le regalan unas bolas chinas, que yo cuando me las enseña digo: “¿y eso qué carajo es?” y ella me explica las mil y una maravillas de los ejercicios peritoneales, el fortalecimiento de los músculos vaginales… Y yo que me tengo que ir de la habitación porque ya es mi cara entera la que tiembla por culpa de los tics nerviosos que parece como si me estuviesen martilleando desde dentro de la cabeza.
Y es que ya está bien, Blanca, ya está bien, que uno tiene sus necesidades y quiere que las cosas sean normalitas, pues como antes, como siempre, como toda la vida, y que no le humillen a uno así. Con lo tranquila que tú eras antes de juntarte con esa panda de degeneradas que parece que sólo piensen con el coño… Pero hasta aquí hemos llegado. Ni pollas de plástico ni bolas de los cojones, esto se va todo a la basura ahora mismo, y cuando llegues esta noche ya verás como se te olvidan estas tonterías, y ¿sabes por qué? porque me voy a dedicar a ti como nunca lo he hecho, porque te voy a hacer el amor como un loco de dieciséis centímetros que ya no tendrá más tics en la cara.
Cómo te voy a querer, mi Blanquita, ya verás…
Pero lo primero es bajar la basura. Y ahora mismo.

Texto encargado por Rodrigo Stocco con motivo de su exposición fotográfica en el Centre Cívic Riera Blanca de Barcelona. Marzo de 2010.

bípedos

y es que hay días que no puede ser. De nuevo otra de esas situaciones en las que llega a un sitio que ya conoce previamente (su distribución, sus elementos, los colores, el olor) y, según unos mecanismos escenográficos que hubiesen sido del total agrado de los constructivistas rusos, cambia de forma siniestra el espíritu del lugar, poseyéndolo con suma delicadeza, virando los brillos de las esquinas y los reflejos de los rincones, haciéndole sentir tan incómodo que apenas acaba de llegar, ya quiere marcharse de allí.
Pero al fin han quedado y está a punto de venir.
- Una cerveza, por favor – le pide al camarero que acaba de acercársele
a cambiar un cenicero con varias colillas por otro vacío. Éste no dice nada, pero masca su chicle con más fuerza durante unos segundos y se dirige a una de las neveras. Vuelve con la botella ya abierta.
- Dos cincuenta.
Saca su cartera de la chaqueta y al abrirla dos monedas de uno y una de cincuenta saltan con entusiasmo hasta el otro lado de la barra, cayendo justo en un platito de plástico junto a la caja registradora.
Tras un largo sorbo de cerveza trata de entretener la espera descifrando qué cuadro es el que tiene delante, uno más de los elementos que fueron distorsionados cuando puso el pie en la entrada de aquel bar. Debía estar girado, o del revés, o volteado como en un espejo, y aunque también los colores eran distintos a como los recordaba, continuaba pareciéndose en gran medida a una pintura de Basquiat.

a Marc

bípedos

la aceptación de la naturaleza urbana. Existen en las grandes ciudades los llamados pulmones verdes, el pulmón de M, el pulmón de B, de L, de NY. Los espacios suelen ser artificiales, encajonados y estructurados en parcelas controladas, imitando de manera imposible la naturaleza salvaje. Los planteamientos decorativos impiden el natural desarrollo de éstos: cada especie de árbol o planta se medita previamente, según su vistosidad o armonía para con su contexto; si una zona posee árboles de hoja caduca que amarillean en otoño y se pelan en invierno, se trata de que en la vereda más próxima se instalen unas flores permanentes para que nadie mire hacia arriba. Lo contrario para las plantas vistosas temporales a cuyo lado siempre intervienen hermosos y enormes árboles perennes que arropan el espacio con su majestuosidad. Mientras la gente acude a los pulmones, no existen reglas de aceptación mutua, se improvisan los comportamientos. Cuando XY se tumba al lado de XX aquella tarde de domingo, recién estrenado el mes de octubre, un día de clima suave, de sol tibio y brisa mediterránea, intuye que el parque lo rechaza, que la naturaleza no lo quiere, como tampoco lo quiere XX. Siente que los árboles le agreden con lo que ellos ya no quieren: sus hojas muertas, sus ramitas sin savia, y que todos los desperdicios le son arrojados encima suyo, situación de lo más incómoda para intentar relajarse y conseguir encontrar el momento perfecto para contarle a XX lo que había venido a decirle. Se pasa el rato sacudiéndose la cabeza y el resto del cuerpo, en espamos asustadizos al principio, cansados después. Los habitantes del pulmón parece que también se han aliado en una cruzada contra él ya que cada mosca, mosquito, hormiga y bichito se acerca hasta él que, con las piernas al descubierto por un pantalón corto, se siente aún más desprotegido y atacado. Piensa que desearía ser invisible en ese momento, que para XX sólo fuese una voz que le susurrase al oído su discurso bajo la sombra de uno de los enormes árboles de hoja caduca donde habían encontrado un hueco para aquella cita que ambos pensaban aclaratoria y definitiva y ocurrió que no pudo comenzar siquiera. Odiando su corporeidad una vez más y el rechazo del entorno y las personas, la incapacidad de XX para llegar hasta ningún rincón de él, la falta de protocolo o el exceso de éste, la cordialidad sobrevalorada y mal llevada, los tambores que un grupo de africanos toca apasionadamente en la vereda de enfrente, las nubes de bichos que lo afrentan, el chorro de objetos que le esgrimen los árboles, los nervios y la aceptación final de que ese tampoco será el día.
-Vamos al Chino a tomar una cerveza – dijo finalmente, tajante, en el momento exacto en que la brisa mediterránea se detuvo por completo.