los consuelos de armario
Lo que yo entendía como la serenidad de Blanca había ido poco a poco transformándose en astucia de habitación, encuadres que se guardaba para sí y ante los cuales me disparaba sonrisas condescendientes. Todo empezó con el “grupito del gym” hace dos años, una rutina que ella creía necesaria pese a la fascinación que a mí me provocaban sus muslos así, pues tal y como eran, y no las piedras duras de atleta que tiene ahora. “Hoy ceno con las del gym”, “Mañana voy con las del gym a…”, “Qué risa con las del gym cuando…”. A mí no me gustan los cambios, prefiero que las cosas se queden como están. Y punto. Yo era feliz con sus muslos blandos, el sexo quincenal, los agostos en La Manga, las cenas calientes… Pero no se puede evitar que las personas cambien.
Su siguiente cumpleaños lo celebró con ellas y, cuando me enseñó lo que le habían regalado, fue cuando comenzaron mis tics en el ojo izquierdo: un enorme consolador de látex rosado con una verosimilitud pasmosa al pene de casi cualquier actor porno, con detalles imposibles de venas esculpidas con una precisión absoluta. Y un tamaño… si es que aquello no era ni medio normal. Y menos cuando las comparaciones con lo propio son inevitables.
Blanca se puso morena con las del gym. Blanca endureció sus muslos con las del gym. Blanca empezó a tener muchos planes con las del gym. Y Blanca utilizaba con demasiada frecuencia su regalo y yo no era capaz ya de controlar los tics de mi ojo y cada vez que entraba por la puerta buscaba en el armario donde guardaba el consolador y arrimaba la nariz con asco sólo para comprobar si olía a látex (me tranquilizaba un poco entonces porque sabía que no había estado jugando con él ese día), pero cuando olía a jabón… ¡Ay madre mía cuando olía a jabón! Como loco me pongo sólo de recordarlo, imaginándomela con ese chisme dentro, gozando con un trozo de plástico, que luego lavaba y devolvía a su envoltorio dentro del armario. Y yo como un pasmarote, muerto de celos… Y la noche aquella que me saca el chisme “para que juguemos con él”, me dice, y yo con eso en la mano y ella que no paraba de reír y yo incapaz de levantar nada y ella que se pone a lo suyo y yo que me tengo que ir a fumar un cigarro porque eso no hay quien lo soporte, hombre, por favor, qué humillación.
El colmo llegó el sábado pasado en su último cumpleaños: esas alimañas pervertidas de su “grupito del gym” van y le regalan unas bolas chinas, que yo cuando me las enseña digo: “¿y eso qué carajo es?” y ella me explica las mil y una maravillas de los ejercicios peritoneales, el fortalecimiento de los músculos vaginales… Y yo que me tengo que ir de la habitación porque ya es mi cara entera la que tiembla por culpa de los tics nerviosos que parece como si me estuviesen martilleando desde dentro de la cabeza.
Y es que ya está bien, Blanca, ya está bien, que uno tiene sus necesidades y quiere que las cosas sean normalitas, pues como antes, como siempre, como toda la vida, y que no le humillen a uno así. Con lo tranquila que tú eras antes de juntarte con esa panda de degeneradas que parece que sólo piensen con el coño… Pero hasta aquí hemos llegado. Ni pollas de plástico ni bolas de los cojones, esto se va todo a la basura ahora mismo, y cuando llegues esta noche ya verás como se te olvidan estas tonterías, y ¿sabes por qué? porque me voy a dedicar a ti como nunca lo he hecho, porque te voy a hacer el amor como un loco de dieciséis centímetros que ya no tendrá más tics en la cara.
Cómo te voy a querer, mi Blanquita, ya verás…
Pero lo primero es bajar la basura. Y ahora mismo.
Texto encargado por Rodrigo Stocco con motivo de su exposición fotográfica en el Centre Cívic Riera Blanca de Barcelona. Marzo de 2010.
Su siguiente cumpleaños lo celebró con ellas y, cuando me enseñó lo que le habían regalado, fue cuando comenzaron mis tics en el ojo izquierdo: un enorme consolador de látex rosado con una verosimilitud pasmosa al pene de casi cualquier actor porno, con detalles imposibles de venas esculpidas con una precisión absoluta. Y un tamaño… si es que aquello no era ni medio normal. Y menos cuando las comparaciones con lo propio son inevitables.
Blanca se puso morena con las del gym. Blanca endureció sus muslos con las del gym. Blanca empezó a tener muchos planes con las del gym. Y Blanca utilizaba con demasiada frecuencia su regalo y yo no era capaz ya de controlar los tics de mi ojo y cada vez que entraba por la puerta buscaba en el armario donde guardaba el consolador y arrimaba la nariz con asco sólo para comprobar si olía a látex (me tranquilizaba un poco entonces porque sabía que no había estado jugando con él ese día), pero cuando olía a jabón… ¡Ay madre mía cuando olía a jabón! Como loco me pongo sólo de recordarlo, imaginándomela con ese chisme dentro, gozando con un trozo de plástico, que luego lavaba y devolvía a su envoltorio dentro del armario. Y yo como un pasmarote, muerto de celos… Y la noche aquella que me saca el chisme “para que juguemos con él”, me dice, y yo con eso en la mano y ella que no paraba de reír y yo incapaz de levantar nada y ella que se pone a lo suyo y yo que me tengo que ir a fumar un cigarro porque eso no hay quien lo soporte, hombre, por favor, qué humillación.
El colmo llegó el sábado pasado en su último cumpleaños: esas alimañas pervertidas de su “grupito del gym” van y le regalan unas bolas chinas, que yo cuando me las enseña digo: “¿y eso qué carajo es?” y ella me explica las mil y una maravillas de los ejercicios peritoneales, el fortalecimiento de los músculos vaginales… Y yo que me tengo que ir de la habitación porque ya es mi cara entera la que tiembla por culpa de los tics nerviosos que parece como si me estuviesen martilleando desde dentro de la cabeza.
Y es que ya está bien, Blanca, ya está bien, que uno tiene sus necesidades y quiere que las cosas sean normalitas, pues como antes, como siempre, como toda la vida, y que no le humillen a uno así. Con lo tranquila que tú eras antes de juntarte con esa panda de degeneradas que parece que sólo piensen con el coño… Pero hasta aquí hemos llegado. Ni pollas de plástico ni bolas de los cojones, esto se va todo a la basura ahora mismo, y cuando llegues esta noche ya verás como se te olvidan estas tonterías, y ¿sabes por qué? porque me voy a dedicar a ti como nunca lo he hecho, porque te voy a hacer el amor como un loco de dieciséis centímetros que ya no tendrá más tics en la cara.
Cómo te voy a querer, mi Blanquita, ya verás…
Pero lo primero es bajar la basura. Y ahora mismo.
Texto encargado por Rodrigo Stocco con motivo de su exposición fotográfica en el Centre Cívic Riera Blanca de Barcelona. Marzo de 2010.
cita
"Casi todos los hombres nos aburrimos inconcientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce. Todos estos sucesos cotidianos, insignificantes; todas estas dulces conversaciones con que matamos el tiempo y alargamos la vida, ¿qué son sino dulcísimo aburrirse?"
Niebla | Miguel de Unamuno
Niebla | Miguel de Unamuno
cuadriláteros
n y su nueva pared blanca. Con un pesado libro entre las manos leía tumbada en la cama, no del todo concentrada, sino más bien distraída, y no del todo recostada sino más bien derretida, paseaba con la vista por párrafos enteros hasta que se daba cuenta de que no había leído nada en realidad, que el deambular de sus ojos no transportaba ninguna información a su cerebro, ya que éste se encontraba colapsado con sus propios pensamientos. Lo cerró. Volvió a abrirlo y buscó entre las hojas previas al título la dirección de la editorial, tenía la firme intención de denunciarles por el dolor de hombros que le provocaba sujetar tal volumen tirada en la cama. Cambiaba de postura constantemente y era incapaz de encontrar la sintonía física con él. Con el rabillo del ojo hacía rato que se le desviaba la mirada hacia la pared que tenía junto a la cama, del lado más largo de ésta, donde la luz reflejaba nuevos volúmenes aún desconocidos, ya que era la primera noche que dormía junto a esa pared recién pintada y se olvidó del libro, de la enésima denuncia por interponer y de la barrera que le impedía encontrar en aquellas páginas nada más que una tipografía de imprenta, para tumbarse de costado, proyectando su silueta, no demasiado curvilínea, de tal forma que si tomásemos un lápiz o mejor un carboncillo y la dibujáramos con suavidad nos encontraríamos, horas después, cuando amaneciese y la claridad del día entrase por la ventana, el trazo de esa línea como lo más parecido a un paisaje desértico y estéril, con apenas una duna desdibujada, medio plana y prácticamente pegada al horizonte, un horizonte que el sol reconocería de seguro como territorio suyo.
Aunque antes de que llegue el sol, mucho antes de que todo esto llegue a concebirse siquiera como idea, lo cierto es que N pierde la noción del tiempo en el momento en que comienza a arañar la corporeidad de un gotelé absurdo hasta que se va quedando sin uñas en la mano derecha (nunca fue diestra con la zurda). Tuvo claro entonces que el boicot planeado contra los pintores que usan el color salmón a los que maldijo con esterilidad laboral no sería suficiente si no incluyese a los yesistas que disimulaban sus errores en la construcción de paredes lisas con el maldito gotelé. Había pensado que el color blanco podría tranquilizarla, ahora sabía que no era el salmón el culpable sino la textura agresiva de una superficie a cuyo lado no dormiría más, ya que al día siguiente separaría la cama de la pared la suficiente distancia como para no percibir más las calvas rugosas que limaría durante esa noche, y desde donde nunca se dibujarán paisajes desiertos cuando en las noches encendiese la luz y se tumbara a leer el pesado libro, recostada o derretida.
a mc
Aunque antes de que llegue el sol, mucho antes de que todo esto llegue a concebirse siquiera como idea, lo cierto es que N pierde la noción del tiempo en el momento en que comienza a arañar la corporeidad de un gotelé absurdo hasta que se va quedando sin uñas en la mano derecha (nunca fue diestra con la zurda). Tuvo claro entonces que el boicot planeado contra los pintores que usan el color salmón a los que maldijo con esterilidad laboral no sería suficiente si no incluyese a los yesistas que disimulaban sus errores en la construcción de paredes lisas con el maldito gotelé. Había pensado que el color blanco podría tranquilizarla, ahora sabía que no era el salmón el culpable sino la textura agresiva de una superficie a cuyo lado no dormiría más, ya que al día siguiente separaría la cama de la pared la suficiente distancia como para no percibir más las calvas rugosas que limaría durante esa noche, y desde donde nunca se dibujarán paisajes desiertos cuando en las noches encendiese la luz y se tumbara a leer el pesado libro, recostada o derretida.
a mc
cita
Suéltate del infierno, y tu caída quedará
interceptada por el tejado del cielo.
El Bosque de la Noche | Djuna Barnes
sueños de syl
La sirena de cabellos de fuego mira a lo lejos por última vez, lo que será la ciudad sumergida. Su corazón de anfibio se estremece por el recuerdo de aquellos ojos grises. Es entonces cuando chapotea en el agua y con la rapidez propia de su especie, se sumerge y desaparece en la oscuridad de las aguas gélidas.
Los habitantes de la ciudad cuentan que con su marcha y la muerte del marinero, los edificios no han cesado de llorar; y sus calles ante las lágrimas incesantes de los palacios, los burdeles, las posadas, pensiones, consistorios, dispensarios y demás moradas, se encuentran anegadas por el naufragio de tanta tristeza.
cita
"No, no puedes echar mano de una pistola y pegarle un tiro a una chica a la que ni siquiera conoces, simplemente porque te atrae."
Risa en la oscuridad | Vladimir Nabokov
Risa en la oscuridad | Vladimir Nabokov
monomanías y sinopsis
por la ventana, por la que no corre el aire, entra el sonido de unos grillos, que callan cuando irrumpe una moto la noche y su silencio.
Estoy mintiendo: en la ciudad no hay silencio ni tampoco grillos en plural.
Estoy mintiendo: en la ciudad no hay silencio ni tampoco grillos en plural.
cita
El fogonero | Franz Kafka
"Y, sin embargo, el fogonero no parecía esperar ya nada más. Tenía las manos metidas a medias en el cinturón que, a causa de sus agitados ademanes, asomaba ahora, junto con una franja de su camisa a cuadros."
Traducción de Miguel Sáenz
"Y, no obstante, el fogonero parecía haber perdido la esperanza. Permanecía con las manos metidas a medias en el cinturón del pantalón, el cual, debido a los movimientos causados por la excitación, había dejado asomar las rayas de una camisa con dibujos."
Traducción de José Rafael Hernández Arias
"Y, sin embargo, el fogonero no parecía esperar ya nada más. Tenía las manos metidas a medias en el cinturón que, a causa de sus agitados ademanes, asomaba ahora, junto con una franja de su camisa a cuadros."
Traducción de Miguel Sáenz
"Y, no obstante, el fogonero parecía haber perdido la esperanza. Permanecía con las manos metidas a medias en el cinturón del pantalón, el cual, debido a los movimientos causados por la excitación, había dejado asomar las rayas de una camisa con dibujos."
Traducción de José Rafael Hernández Arias
monomanías y sinopsis
echo de menos mi nombre, su sonoridad desleída, el golpe vocal que me hace girar la cabeza en la calle cuando alguna madre grita casi un monosílabo enérgico y cansado a la revoltosa criatura que también gira su cabecita, pero no, no es mi nombre el que rebota en esas aceras empujado por ecos urbanos sino una forma de educación infantil. Se parece justo al final, cuando podría ser casi cualquier palabra.
Me empeño en firmar cada carta, e-mail o sms con mi nombre, en afianzar
la comunicación nominal en varios momentos de las presentaciones sociales, como si fuese algo digno de recordar antes que una mirada, un color de ropa, un olor. Nada funciona. Nadie me llama ya por mi nombre.
La cotidianeidad lo ha convertido en apodos diversos, unos fríos, otros cariñosos.
Cuatro letras. Dos consonantes. Dos vocales. Orden:
vocal
consonante
vocal (acentuada)
y consonante final, de aquellas que vibran en la laringe y se desdibujan
en la humedad ambiental.
La antigua magia de llamar a alguien por teléfono y durante unos instantes
no saber quién hay al otro lado se ha perdido por culpa de los aparatos
de hoy en día; al tener “tus” contactos incluidos en “tu” agenda, antes de descolgar ya sabes quién “es”, con lo que no tienes que decir tu nombre y el saludo es variable y connotativo, pero sobrepasa esa fase primaria de lenguaje fático que ahorra pasos comunicativos…
.
..
…
Echo de menos mi nombre cuando lo pronunciabas tú.
Me empeño en firmar cada carta, e-mail o sms con mi nombre, en afianzar
la comunicación nominal en varios momentos de las presentaciones sociales, como si fuese algo digno de recordar antes que una mirada, un color de ropa, un olor. Nada funciona. Nadie me llama ya por mi nombre.
La cotidianeidad lo ha convertido en apodos diversos, unos fríos, otros cariñosos.
Cuatro letras. Dos consonantes. Dos vocales. Orden:
vocal
consonante
vocal (acentuada)
y consonante final, de aquellas que vibran en la laringe y se desdibujan
en la humedad ambiental.
La antigua magia de llamar a alguien por teléfono y durante unos instantes
no saber quién hay al otro lado se ha perdido por culpa de los aparatos
de hoy en día; al tener “tus” contactos incluidos en “tu” agenda, antes de descolgar ya sabes quién “es”, con lo que no tienes que decir tu nombre y el saludo es variable y connotativo, pero sobrepasa esa fase primaria de lenguaje fático que ahorra pasos comunicativos…
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…
Echo de menos mi nombre cuando lo pronunciabas tú.
sueños de syl
La miro, sus grandes ojos de lagarto parpadean,
y es entonces cuando su lengua de goma se acerca a mi cara y me lame.
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